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DIÁFANA VICTORIA
ATRÁS quedaron tus años y tus párpados llenos de polvo, atrás tus córneas en el reino de florecimientos verdiclaros; atrás tus manos hurtando colores para manchar de violetas y rosas la doncellez de mañanas carnales, como esas muchachas que sueñas en madrugadas interminables; atrás tus manos midiendo la densidad de la materia, entre sombras y un lentísimo tiempo tan tuyo.
Ahora tu puerta se abre lenta y tus días son una piedra, añoras el fulgor de la corola, el frío del rocío sobre la hoja y la hartura de la luz bajo los arcos en donde Ildefonso solía jugar; ahora corren los martes y las noticias de ayer son una dispersión de cenizas y años remotos, hasta el fin de lo que empezó un probable lunes, en la habitación donde naciste, y que sabes hoy abandonada, porque todo en ti es memoria, antes que tu nombre, antes que tu madre, antes que este tiempo ahora.
Ahora sueñas mariposas que fingen eternidades cansadas, mientras el invierno apaga y enciende un envejecido sol y tus fantasmas asisten silenciosos al precipicio de recuerdos; ahí están tus hermanas muertas, dormidas en la estación del ayer, próximas y pacientes, hablándote desde sus juegos infantiles mientras tú espantas esa vejez que no se acomoda ni te convence. Así, en la cresta de años y años, en la quietud de ese sillón, peleas vida, con los dientes, con la mirada, con las manos; peleas, sí, con la juventud de los héroes, sin lágrimas, quedito, con acordeones de fiesta; peleas, cómo no, sin sudarios de sangre ni murmullando oraciones; peleas, claro, sin Biblia en tu mesa de noche, jugando a estar desnudo en un mar de mediodías, riéndote de nosotros, y comiéndote nuestro miedo.
Desde ahí hueles a tus hijos mientras meces tu delgadísimo cuerpo y ves cómo la gota de los días sacia la sed del todavía; porque “hoy es siempre todavía”, lo sabes, al encontrarnos en tus ojos, retrocedidos y enteros.
Sin pestañear te declaras un perezoso que pelea vida, soñando antes del desayuno con aquel carrousel de la niñez, dibujando el estrépito de la lluvia y el tren del Pacífico; sí, un perezoso que pelea vida, abriéndole paso a la mirada sobre tu mujer, lentamente, vaciada de años, intacta, sentada sobre la felicidad, tan antes de ahora; ahora, sí, ahora, siempre ahora, con tu látigo atareado, espantando rabias e impotencias nuestras; sí, ahora, con tu corazón blindado, con tu viejo cuerpo a cuestas, entre el cerezo y los presagios, alcanzas, día a día, tu diáfana victoria.
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